PRIMERA LECTURA
Haré volver los cautivos de Israel y los plantaré en su campo
Lectura del Profeta Amós 9, 11-15
Así dice el Señor: Aquel día levantaré la choza caída de David, taparé sus brechas, levantaré sus ruinas como en otros tiempos.
Para que posean las primicias de Edom y de todas las naciones donde se invocó mi nombre oráculo del Señor.
Mirad que llegan días oráculo del Señor en que el que ara sigue de cerca al segador; el que pisa las uvas, al sembrador; los montes manarán vino, y fluirán los collados.
Haré volver los cautivos de Israel, edificarán ciudades destruidas y las habitaran, plantarán viñas y beberán de su vino, cultivarán huertos y comerán de sus frutos.
Los plantaré en su campo, y no serán arrancados del campo que yo les di, dice el Señor tu Dios.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 84, 9. 11-12. 13-14.
V/. Dios anuncia la paz a su pueblo.
R/. Dios anuncia la paz a su pueblo.
V/. Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón. R/.
V/. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. R/.
V/. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos. R/.
EVANGELIO
¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 9, 14-17
En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús, preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? .
Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan.
Palabra del Señor.
sábado, 5 de julio de 2014
viernes, 4 de julio de 2014
VIERNES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA
PRIMERA LECTURA
Enviaré hambre, no de pan, sino de escuchar la palabra del Señor
Lectura del Profeta Amós 8, 4-6. 9-12
Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano? Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa; compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo.
Aquel día oráculo del Señor haré ponerse el sol a mediodía, y en pleno día oscureceré la tierra.
Cambiaré vuestras fiestas en luto, vuestros cantos en elegía; vestirá de saco toda cintura, quedará calva toda cabeza.
Y habrá un llanto como por el hijo único, y será el final, como día amargo.
Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que enviaré hambre a la tierra: No hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor.
Irán vacilantes de Oriente a Occidente, de Norte a Sur; vagarán buscando la palabra del Señor, y no la encontrarán.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 118, 2. 10. 20. 30. 40. 131.
V/. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
R/. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
V/. Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. R/.
V/. Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos. R/.
V/. Mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos. R/.
V/. Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos. R/.
V/. Mira cómo ansío tus decretos: dame vida con tu justicia. R/.
V/. Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos. R/.
EVANGELIO
No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios
+Lectura del santo Evangelio según San Mateo 9, 9-13
En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme.
El se levantó y lo siguió. Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores ? Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios» : que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Palabra del Señor.
miércoles, 2 de julio de 2014
MIÉRCOLES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA
PRIMERA LECTURA
Retirad de mi presencia el estruendo del canto; fluya la justicia como arroyo perenne
Lectura del Profeta Amós 5, 14-15. 21-24
Buscad el bien y no el mal, y viviréis, y así estará con vosotros el Señor Dios de los ejércitos, como deseáis.
Odiad el mal, amad el bien, defended la justicia en el tribunal.
Quizá se apiade el Señor, Dios de los ejércitos, de los supervivientes de José.
Detesto y rehúso vuestras fiestas, oráculo del Señor no quiero oler vuestras ofrendas.
Aunque me ofrezcáis holocaustos y dones, no me agradarán; no aceptaré los terneros cebados que sacrificáis en acción de gracias.
Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como el agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 49, 7. 8-9. 10-11. 12-13. 16bc-17.
V/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
V/. Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte; Israel, voy a dar testimonio contra ti, yo, Dios, tu Dios. R/.
V/. No te reprocho tus sacrifcios, pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños. R/.
V/. Pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes.
Conozco todos los pájaros del cielo, tengo á mano cuanto se agita en los campos. R/.
V/. Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos? . R/.
V/. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? R/.
EVANGELIO
¿Has venido a atormentar a los demonios antes de tiempo ?
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 28-34
En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos.
Desde el cementerio dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos: ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios ? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando.
Los demonios le rogaron: Si nos echas, mándanos a la piara.
Jesús les dijo: Id.
Salieron y se metieron en los cerdos.
Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.
Palabra del Señor
Retirad de mi presencia el estruendo del canto; fluya la justicia como arroyo perenne
Lectura del Profeta Amós 5, 14-15. 21-24
Buscad el bien y no el mal, y viviréis, y así estará con vosotros el Señor Dios de los ejércitos, como deseáis.
Odiad el mal, amad el bien, defended la justicia en el tribunal.
Quizá se apiade el Señor, Dios de los ejércitos, de los supervivientes de José.
Detesto y rehúso vuestras fiestas, oráculo del Señor no quiero oler vuestras ofrendas.
Aunque me ofrezcáis holocaustos y dones, no me agradarán; no aceptaré los terneros cebados que sacrificáis en acción de gracias.
Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como el agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 49, 7. 8-9. 10-11. 12-13. 16bc-17.
V/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
V/. Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte; Israel, voy a dar testimonio contra ti, yo, Dios, tu Dios. R/.
V/. No te reprocho tus sacrifcios, pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños. R/.
V/. Pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes.
Conozco todos los pájaros del cielo, tengo á mano cuanto se agita en los campos. R/.
V/. Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos? . R/.
V/. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? R/.
EVANGELIO
¿Has venido a atormentar a los demonios antes de tiempo ?
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 28-34
En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos.
Desde el cementerio dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos: ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios ? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando.
Los demonios le rogaron: Si nos echas, mándanos a la piara.
Jesús les dijo: Id.
Salieron y se metieron en los cerdos.
Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.
Palabra del Señor
martes, 1 de julio de 2014
LA PRECIOSÍSMA SANGRE DE N. S. J. C.
1º de julio
|
LA PRECIOSÍSMA SANGRE
DE N. S. J. C.(*)
|
¡Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: "in mundi praetium"!
Pero, antes de que la lengua cante gozosa
y el corazón se explaye en afectos de gratitud y amor, es necesario que
medite la inteligencia las sublimidades del Misterio de Sangre que
palpita en el centro mismo de la vida cristiana.
Hay tres hechos que se dan, de modo
constante y universal, a través de la historia del hombre: la religión,
el sacrificio y la efusión de sangre.
Los más eminentes antropólogos han
considerado la religiosidad como uno de los atributos del género
humano. La función céntrica de toda forma religioso-social ha sido
siempre el sacrificio. Este se presenta como la ofrenda a Dios de alguna
cosa útil al hombre, que la destruye en reconocimiento del supremo
dominio del Señor sobre todas las cosas y con carácter expiatorio. Por
lo que se refiere a la efusión de sangre, observamos que el sacrificio
-al menos en su forma más eficaz y solemne- importa la idea de inmolación
o mactación de una víctima, y, por lo mismo, el derramamiento de
sangre, de modo que no hay religión que, en su sacrificio expiatorio,
no lleve consigo efusión de sangre de las víctimas inmoladas a la
divinidad.
La sangre es algo que repugna y aparta,
sobre todo si se trata de sangre humana. Sin embargo, en los altares de
todos los pueblos, en el acto, cumbre en que el hombre se pone en relación
con Dios, aparece siempre sangre derramada.
Así lo hace Abel, a la salida del paraíso
(Gen. 4, 4), y Noé, al abandonar el arca (Gen. 8, 20-21). El mismo acto
repite Abraham (Gen. 15, 10). Y sangre emplea Moisés para salvar a los
hijos de Israel en Egipto (Ex. 12, 13), para adorar a Dios en el
desierto (Ex. 14, 6) y para purificar a los israelitas (Heb. 9, 22). Una
hecatombe de víctimas inmoladas solemnizó la dedicación del templo de
Salomón.
Y no es sólo el pueblo escogido el que
hace de la sangre el centro de sus funciones religiosas más solemnes,
sino que son también los pueblos gentiles; en ellos encontramos
igualmente víctimas y altares de sacrificio cubiertos de sangre, como
lo cuentan Homero y Herodoto en la narración de sus viajes.
Adulterado el primitivo sentido de la
efusión de sangre, en el colmo de la aberración, llegaron los pueblos
idólatras a ofrecer a los dioses falsos la sangre caliente de víctimas
humanas. Niños, doncellas y hombres fueron inmolados, no sólo en los
pueblos salvajes, sino también en las cultas ciudades. Y todavía,
cuando los conquistadores españoles llegaron a Méjico, quedaron
horripilados a la vista de los sacrificios humanos. Los sacerdotes idólatras
sacrificaban anualmente miles de hombres, a los que, después de
abrirles vivos el pecho, sacaban el corazón palpitante para exprimirlo
en los labios del ídolo,
El hecho histórico, constante y
universal, del derramamiento de sangre como función religiosa principal
de los pueblos encierra en sí un gran misterio, cuya clave para
descifrarlo se halla entre dos hechos también históricos, uno de
partida y otro de llegada, de los que uno plantea el tremendo problema y
el otro lo resuelve, para alcanzar su punto culminante en el "himno
nuevo”, que eternamente cantan los ancianos ante el Cordero
sacrificado (Apoc. 7, 14), al que rodean los que, viniendo de la gran
tribulación, lavaron y blanquearon sus túnicas en la Sangre del
Cordero (ibid.), y vencieron definitivamente, por la virtud de la
Sangre, al dragón infernal (cf. Apoc. 12, 11).
El pecado original creó un estado de
discordia y enemistad entre Dios y el hombre. Consecuencia del pecado
fue la siguiente: Dios, en el cielo, ofendido; el hombre, en la tierra,
enemigo de Dios, y Satanás, "príncipe de este mundo" (lo.
12, 31), al que reduce a esclavitud.
En la conciencia del hombre desgraciado
quedó el recuerdo de su felicidad primera, la amargura de su deslealtad
para con el Creador, el instinto de recobrar el derecho a sus destinos
gloriosos y el ansia de reconciliarse con Dios.
¡Y surge el fenómeno misterioso de la
sangre! El hombre siente en lo más íntimo de su naturaleza que su vida
es de Dios y que ha manchado esta vida por el pecado original y por sus
crímenes personales. La voz de la naturaleza, escondida en lo íntimo
de su conciencia, le exige que rinda al supremo Hacedor el homenaje de
adoración que le es debido, y, después de la caída desastrosa, le
reclama una condigna expiación. Adivina el hombre la fuerza y el valor
de la sangre para su reconciliación con Dios, pues en la sangre está
la vida de la carne, ya que la sangre es la que nutre y restaura,
purifica y renueva la vida del hombre; sin ella, en las formas orgánicas
superiores, es imposible la vida: al derramarse la sangre sobreviene la
muerte.
Por otra parte, si en la sangre está la
vida -vida que manchó el pecado-, extirpar la vida será borrar el
pecado. De ahí que el hombre, llevado por su instinto natural, se
decide a "hacer sangre", eligiendo para este oficio a
"hombres de sangre", como han llamado algunas razas a sus
sacerdotes, para que, con los sacrificios cruentos, rindan, en nombre de
todos, homenaje y expiación a la divinidad. Dios mostró su agrado por
estos sacrificios (Gen. 4, 4; 8, 21) y consagró con sus mandatos esta
creencia al ordenar el culto del pueblo hebreo (Lev. 1, 6; 17, 22).
La sangre, por representar la vida, fue
entonces elegida como el instrumento más adecuado para reconocer el
supremo dominio de Dios sobre la vida y sobre todas las cosas y para
expiar el pecado. Por eso Virgilio, al contemplar la efusión de sangre
de la víctima inmolada, dirá poéticamente que es el alma vestida de púrpura
la que sale del cuerpo sacrificado (Eneida,
9,349).
Pero como el hombre no podía derramar su
propia sangre ni la de sus hermanos, buscó un sustituto de su vida en
la vida de los animales, especialmente en la de aquellos que le
prestaban mayor utilidad, y los colocó sobre los altares, sacrificándolos
en adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes
y para que le fueran perdonados sus pecados. He aquí descifrado el
misterio del derramamiento de sangre. Su universalidad hace pensar si
sería Dios mismo el que enseñara a nuestros primeros padres esta forma
principal del culto religioso.
Los sacrificios gentílicos, aun en medio
de sus aberraciones, no eran otra cosa que el anhelo por la verdadera
expiación. Por eso se ofrecían animales inmaculados o niños
inocentes, buscando una ofrenda enteramente pura. Pero vana era la
esperanza de reconciliación con Dios por medio de los animales: no hay
paridad entre la vida de un animal y el pecado de un hombre (cf. Heb.
10, 4). Era inútil para ello la efusión de sangre humana, de niños y
doncellas, que eran sacrificados a millares: no se lava un crimen con
otro crimen, ni se paga a Dios con la sangre de los hombres.
Quedaban los sacrificios del pueblo judío,
ordenados y queridos por Dios, pero en ellos no había más que una
expiación pasajera e insuficiente.
Los sacrificios judaicos, especialmente
el sacrificio del Cordero pascual y el de la Expiación, tenían por fin
principal anunciar y representar el futuro sacrificio expiatorio del
Redentor (Heb. 10, 1-9). Estos sacrificios no tenían más valor que su
relación típica con un sacrificio ideal futuro, con una Sangre
inocente y divina que había de derramarse para nivelar la justicia de
Dios y poner paz entre Él y los hombres (cf. Cor, 2, 17). Todo el
Antiguo Testamento estaba lleno de sangre, figura de la Sangre de
Cristo, que había de purificarnos a todos y de la que aquélla recibía
su eficacia. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran, en efecto, de
un valor limitado, pues su eficacia se reducía a recordar a los hombres
sus pecados y a despertar en ellos afectos de penitencia, significando
una limpieza puramente exterior, por medio de una santidad legal, que se
aviniera con las intenciones del culto, pero que no podía obrar su
santificación interior.
Por lo demás, Dios sentía ya hastío
por los sacrificios de animales, ofrecidos por un pueblo que le honraba
con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (cf. Mt. 15, 8).
"¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre
de animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más
sacrificios en vano" (Is. 1, 11-13; 40, 16; Ps. 49, 10).
Para reconciliar al mundo con Dios se
necesitaba sangre limpia,
incontaminada; sangre humana,
porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un
valor tal que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de
la paz; sangre representativa y
sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban
enemistados con Dios. ¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo,
Hijo de Dios!
Esta sola es incontaminada, como de
Cordero inmaculado (1 Petr. 1, 19); de valor infinito, porque es sangre
divina; representativa de toda la sangre humana manchada por el pecado,
porque Dios cargará a este, su divino Hijo, todas las iniquidades de
todos los hombres (Is. 53, 6).
Si los hombres tuvieron facilidad para
venderse, observa San Agustín, ahora no la tenían para rescatarse;
pero aún más, no tenían siquiera posibilidad de ello. Y el Verbo de
Dios, movido por un ímpetu inefablemente generoso de amor, al entrar en
el mundo le dijo al Padre: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero
me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado
no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente" (Heb. 10,
5-7). Y ofreciendo su sacrificio, con una sola oblación, la del
Calvario, perfeccionó para siempre a los santificados (Heb. 10, 12-14).
Y el hombre, deudor de Dios, pagó su deuda con precio infinito; alejado
de Él, pudo acercarse con confianza (Heb. 10, 19-22); degradado por la
hecatombe de origen, fue rehabilitado y restituido a su primitiva
dignidad. Se había acabado todo lo viejo; la reconciliación estaba
hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos
cerca por la Sangre de Cristo Jesús. Todo había sido reconciliado en
el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz (2 Cor. 5, 18-19; Eph.
2, 16; Col. 1, 20).
La sangre real de Cristo (Lc. 1, 32;
Apoc. 22, 16), divina y humana, sangre preciosa, precio del mundo, había
realizado el milagro. El rescate fabuloso estaba pagado. "Nada es
capaz de ponérsele junto para compararla, porque realmente su valor es
tan grande que ha podido comprarse con ella el mundo entero y todos los
pueblos" (San Agustín).
Pudo Jesucristo redimir al mundo sin
derramar su Sangre; pero no quiso, sino que vivió siempre con la
voluntad de derramarla por entero. Hubiera bastado una sola gota para
salvar a la humanidad; pero Jesús quiso derramarla toda, en un insólito
y maravilloso heroísmo de caridad, fundamento de nuestra esperanza.
¡Oh generoso Amigo, que das la vida por
tus amigos! ¡Oh Buen Pastor, que te entregaste a la muerte por tus
ovejas! (lo. 15, 13: 10, 15). ¡Y nosotros no éramos amigos, sino
pecadores! Jesucristo se nos presenta como el Esposo de los Cantares, cándido
y rubicundo; por su santidad inmaculada, mas blanco que la nieve; pero
con una blancura como la de las cumbres nevadas a la hora del crepúsculo,
siempre rosada por el anhelo, por la voluntad, por el hecho inaudito de
la total efusión de su Sangre redentora.
"¡Sangre y fuego, inestimable
amor!", exclamaba Santa Catalina de Siena. "La flor preciosa
del cielo, al llegar la plenitud de los tiempos, se abrió del todo y en
todo el cuerpo, bañada por rayos de un amor ardentísimo. La llamarada
roja del amor refulgió en el rojo vivo de la Sangre" (SAN
BUENAVENTURA,
La vid mística, 23).
Las tres formas legítimas de religión
con las que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los siglos
(patriarcal, mosaica y cristiana) están basadas en un pacto que regula
las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre (Gen.
17, 9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor.
11, 25). La Sangre purísima de Jesucristo es la Sangre del Pacto nuevo,
del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la humanidad
con Dios hasta el fin del mundo.
Cada uno de estos pactos es un mojón de
la misericordia de Dios, que orienta la ruta de la humanidad en su
camino de aproximación a la divinidad: caída del hombre, vocación de
Abraham, constitución de Israel, fundación de la Iglesia.
Todo pacto tiene su texto. El texto del
Nuevo Testamento es el Evangelio
en su expresión más comprensiva, que significa el cúmulo de cosas que
trajo el Hijo de Dios al mundo y que se encierran bajo el nombre de la
"Buena Nueva". Buena Nueva que comprende al mismo Jesucristo,
alfa y omega de todo el sistema maravilloso de nuestra religión; la Iglesia,
su Cuerpo Místico, con su ley, su culto y su jerarquía; los sacramentos,
que canalizan la gracia, participación de la vida de Dios, y el texto
precioso de los sagrados Evangelios y de los escritos apostólicos,
llamados por antonomasia el Nuevo Testamento, luz del mundo y monumento
de sabiduría del cielo y de la tierra.
Además, el Pacto lleva consigo
compromisos y obligaciones que Cristo ha cumplido y sigue cumpliendo, y
debe cumplir también el cristiano. Antes de ingresar en el cristianismo
y de ser revestidos con la vestidura de la gracia hicimos la formalización
del Pacto de sangre, con sus renuncias y con la aceptación de sus
creencias. "¿Renuncias?... ¿Crees?..., nos preguntó el ministro
de Cristo. "¡Renuncio! ¡Creo!" "¿Quieres ser
bautizado?" "¡Quiero!" Y fuimos bautizados en el nombre
de la Trinidad Santísima y en la muerte de Cristo, para que entendiéramos
que entrábamos en la Iglesia marcados con la Sangre del Hijo de Dios.
Quedó cerrado el pacto, por cuyo cumplimiento hemos de ser salvados.
“La Sangre del Señor, si quieres, ha sido dada para ti; si no
quieres, no ha sido dada para ti. La Sangre de Cristo es salvación para
el que quiere, suplicio para el que la rehusa" (Serm.
31, lec.9, Brev. in fest. Pret. Sanguinis).
El pacto de paz y reconciliación tendrá
su confirmación total en la vida eterna. "Entró Cristo en el
cielo -dice Santo Tomás- y preparó el camino para que también
nosotros entráramos por la virtud de su Sangre, que derramó en la
tierra" (3 q.22 a.5).
"No os pertenecéis a vosotros
mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad
a Dios en vuestro cuerpo", advierte San Pablo (1 Cor. 6, 19.20).
Glorificar a Dios en el propio cuerpo significa mantener limpia y
radiante -por una vida intachable y una conducta auténticamente
cristiana- a imagen soberana de Dios, impresa en nosotros por la creación,
y la amable fisonomía de Cristo, grabada en nuestra alma por medio de
los sacramentos. Si nos sentimos débiles, vayamos a la misa, sacrificio
del Nuevo Testamento, y acerquémonos a la comunión para beber la
Sangre que nos dará la vida (lo. 6, 54).
En esta hora de sangre para la humanidad
sólo los rubíes de la Sangre de Cristo pueden salvarnos. Con Catalina
de Siena. "os suplico, por el amor de Cristo crucificado, que recibáis
el tesoro de la Sangre, que se os ha encomendado por la Esposa de
Cristo", pues es sangre dulcísima y pacificadora, en la que
"se apagan todos los odios y la guerra, y toda la soberbia del
hombre se relaja".
Si para el mundo es ésta una hora de
sangre, para el cristiano ha sonado la hora de la santidad. Lo exige la
Sangre de Cristo. "Sed. Santos -amonestaba San Pedro a la primera
generación cristiana-, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza
del Santo que os ha llamado a la santidad... Conducíos con temor
durante el tiempo de nuestra peregrinación en la tierra, sabiendo que
no habéis sido rescatados con el valor de cosas perecederas, el oro o
la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo, que es como de Cordero
incontaminado e inmaculado" (1 Petr. 1, 15-18).
Roguemos al Dios omnipotente y eterno
que, en este día, nos conceda la gracia de venerar, con sentida piedad,
la Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, y que, por su virtud,
seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, para
que gocemos en el cielo del fruto sempiterno (Colecta de la festividad).
¡Acuérdate, Señor, de estos tus
siervos, a los que con tu preciosa Sangre redimiste!
JUAN
HERVÁS BENET
*Año
Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966
MARTES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA
PRIMERA LECTURA
Habla el Señor, ¿quién no profetiza?
Lectura del Profeta Amós 3, 1-8; 4, 11-12
Escuchad esta palabra que dice el Señor, hijos de Israel, a todas las familias que saqué de Egipto.
A vosotros solos os escogí, entre todas las familias de la tierra; por eso os tomaré cuentas por vuestros pecados.
¿Caminan juntos dos que no se conocen? ¿Ruge el león en la espesura sin tener presa?
¿Alza su voz el cachorro en la guarida sin haber cazado ? ¿Cae el pájaro por tierra si no hay una trampa? ¿Se alza del suelo el lazo sin haber hecho presa ? ¿Suena la trompeta en la ciudad sin que el pueblo se alarme? ¿Sucede en la ciudad una desgracia que no la mande el Señor? Que no hará cosa el Señor sin revelar su plan a sus siervos los profetas.
Ruge el león, ¿quién no teme? Habla el Señor, ¿quién no profetiza? Os envié una catástrofe como la de Sodoma y Gomorra, y fuisteis como tizón salvado del incendio, pero no os convertisteis a mí oráculo del Señor.
Por eso así te voy a tratar, Israel, y porque así te voy a tratar, prepárate a encararte con tu Dios.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 5, 5-6. 7. 8.
V/. Señor, guíame con tu justicia.
R/. Señor, guíame con tu justicia.
V/. Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R/.
V/. Detestas a los malhechores, destruyes a los mentirosos; al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor. R/.
V/. Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo con toda reverencia. R/.
EVANGELIO
Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago y vino una gran calma
+Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 23-27
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
De pronto se levantó un temporal tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
Se acercaron los discípulos y lo despertaron gritándole: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! El les dijo: ¡Cobardes ! ¡Qué poca fe ! Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.
Ellos se preguntaban admirados: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!
Palabra del Señor
lunes, 30 de junio de 2014
Santos Protomártires de la Iglesia Romana (s. I)
Tanto el historiador pagano Tácito, en su obra Annales o Historiae –el primero de sus dos principales trabajos: la historia del Imperio romano desde el 69 hasta el asesinato del emperador Domiciano en el 96–, como el Papa Clemente, en su Carta a los Corintios, testifican que muchos cristianos sufrieron martirio en medio de indecibles tormentos con la persecución desencadenada por el emperador Nerón después del incendio de Roma, en el año 64.
En ese verano hubo en la Ciudad que llaman Eterna un pavoroso incendio, posiblemente el mayor que ha conocido Roma a lo largo de su historia, a pesar de ser tan larga y de tanta guerra y saqueo, porque, según cuentan lenguas, aquel no fue ocasional, ni bélico; se debió al desenfrenado deseo lúdico de la maldad del loco que se hacía llamar ‘dios’ y deseaba tener motivo de inspiración poética digna de dioses.
Luego, para acallar los rumores populares y los ayes de la desgracia, desvió la responsabilidad soberana haciendo que las miradas se fijasen en una casta suficientemente odiada por el pueblo por sus desmesurados excesos, llamada vulgarmente como ‘los cristianos’.El historiador pagano de los Anales refiere que «el autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma».
«Fueron, pues, detenidos al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por delaciones de aquellos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por hallarse convictos de aborrecimiento al género humano. Añadióse a la justicia que se hizo de estos la burla y escarnio con que se les daba la muerte».
«A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña a los que pegaban fuego para que, ardiendo con ellos, sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche».
Así se cuentan los hechos que hicieron tantos mártires cristianos anónimos, desconocidos. Aunque seguramente la mayor parte eran gente humilde, del pueblo, no es improbable que también se contaran importantes políticos, militares o ricos. No se sabe. Cierto es que Nerón empezó a castigar a los culpados de ser cristianos con todas las exquisiteces de tormentos inventadas hasta el momento. Y hasta es posible que la estupidez humana adquiriera cotas tan altas que justificara aquello como bueno. Fue por estos tiempos por los que testificaron al máximo el amor a Cristo Pedro y Pablo.
Fuente: Archidiócesis de Madrid
En ese verano hubo en la Ciudad que llaman Eterna un pavoroso incendio, posiblemente el mayor que ha conocido Roma a lo largo de su historia, a pesar de ser tan larga y de tanta guerra y saqueo, porque, según cuentan lenguas, aquel no fue ocasional, ni bélico; se debió al desenfrenado deseo lúdico de la maldad del loco que se hacía llamar ‘dios’ y deseaba tener motivo de inspiración poética digna de dioses.
Luego, para acallar los rumores populares y los ayes de la desgracia, desvió la responsabilidad soberana haciendo que las miradas se fijasen en una casta suficientemente odiada por el pueblo por sus desmesurados excesos, llamada vulgarmente como ‘los cristianos’.El historiador pagano de los Anales refiere que «el autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma».
«Fueron, pues, detenidos al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por delaciones de aquellos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por hallarse convictos de aborrecimiento al género humano. Añadióse a la justicia que se hizo de estos la burla y escarnio con que se les daba la muerte».
«A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña a los que pegaban fuego para que, ardiendo con ellos, sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche».
Así se cuentan los hechos que hicieron tantos mártires cristianos anónimos, desconocidos. Aunque seguramente la mayor parte eran gente humilde, del pueblo, no es improbable que también se contaran importantes políticos, militares o ricos. No se sabe. Cierto es que Nerón empezó a castigar a los culpados de ser cristianos con todas las exquisiteces de tormentos inventadas hasta el momento. Y hasta es posible que la estupidez humana adquiriera cotas tan altas que justificara aquello como bueno. Fue por estos tiempos por los que testificaron al máximo el amor a Cristo Pedro y Pablo.
Fuente: Archidiócesis de Madrid
LUNES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA
PRIMERA LECTURA
Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros
Lectura del Profeta Amós 2, 6-10. 13-16
Así dice el Señor: A Israel, por tres pecados, y por el cuarto, no le perdonaré.
Porque venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias.
Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los indigentes.
Padre e hijo van juntos a una mujer, infamando mi nombre santo.
Se acuestan sobre ropas dejadas en fianza, junto a cualquier altar; beben vino de multas, en el templo de su Dios.
Yo destruí al amorreo al llegar ellos; era alto como los altos cedros, fuerte como las encinas.
Destruí por arriba el fruto, la raíz por abajo.
Yo os saqué de Egipto, os conduje por el desierto cuarenta años, para daros en posesión la tierra de los amorreos.
Mirad, yo os aplastaré en el suelo, como un carro lleno de gavillas.
El veloz no encontrará huida, el fuerte no conservará su fuerza, el soldado no salvará la vida.
El arquero no se mantendrá en pie, el hombre ágil no se escapará, el jinete no salvará la vida.
El fuerte y valiente entre los soldados huirá desnudo aquel día.
Oráculo del Señor.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 49, 16bc-17. 18-19. 20-21. 22-23.
V/. Atención, los que olvidáis a Dios.
R/. Atención, los que olvidáis a Dios.
V/. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? . R/.
V/. Cuando ves un ladrón, corres con él, te mezclas con los adúlteros; sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño. R/.
V/. Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre: esto haces, ¿y me voy a callar? ¿crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. R/.
V/. Atención, los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio; el que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. R/.
EVANGELIO
Sígueme
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 18-22
En aquel tiempo, viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de atravesar a la otra orilla.
Se le acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Otro que era discípulo, le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
Jesús le replicó: Tú, sígueme.
Deja que los muertos entierren a sus muertos.
Palabra del Señor.
Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros
Lectura del Profeta Amós 2, 6-10. 13-16
Así dice el Señor: A Israel, por tres pecados, y por el cuarto, no le perdonaré.
Porque venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias.
Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los indigentes.
Padre e hijo van juntos a una mujer, infamando mi nombre santo.
Se acuestan sobre ropas dejadas en fianza, junto a cualquier altar; beben vino de multas, en el templo de su Dios.
Yo destruí al amorreo al llegar ellos; era alto como los altos cedros, fuerte como las encinas.
Destruí por arriba el fruto, la raíz por abajo.
Yo os saqué de Egipto, os conduje por el desierto cuarenta años, para daros en posesión la tierra de los amorreos.
Mirad, yo os aplastaré en el suelo, como un carro lleno de gavillas.
El veloz no encontrará huida, el fuerte no conservará su fuerza, el soldado no salvará la vida.
El arquero no se mantendrá en pie, el hombre ágil no se escapará, el jinete no salvará la vida.
El fuerte y valiente entre los soldados huirá desnudo aquel día.
Oráculo del Señor.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 49, 16bc-17. 18-19. 20-21. 22-23.
V/. Atención, los que olvidáis a Dios.
R/. Atención, los que olvidáis a Dios.
V/. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? . R/.
V/. Cuando ves un ladrón, corres con él, te mezclas con los adúlteros; sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño. R/.
V/. Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre: esto haces, ¿y me voy a callar? ¿crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. R/.
V/. Atención, los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio; el que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. R/.
EVANGELIO
Sígueme
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 18-22
En aquel tiempo, viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de atravesar a la otra orilla.
Se le acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Otro que era discípulo, le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
Jesús le replicó: Tú, sígueme.
Deja que los muertos entierren a sus muertos.
Palabra del Señor.
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